sábado, 20 de diciembre de 2008

UGT intenta evitar que quede impune el franquismo

Recurre el auto de la Audiencia Nacional, que cerró la causa de Garzón sin decir quién debe investigar

Las asociaciones de víctimas de la Guerra Civil y del franquismo no piensan resignarse ante el auto de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional que puso fin a la primera causa penal abierta para investigar los crímenes cometidos entre el 17 de julio de 1936 y diciembre de 1951.

UGT y la nieta del último presidente del Gobierno de la Segunda República, Juan Negrín, presentaron ayer sendos recursos de súplica y, subsidiariamente, de casación. Las asociaciones de víctimas representadas por el abogado Fernando Magán impugnarán hoy la resolución de la Sala.

El principal argumento de estos recursos consiste en que el auto que decía expresamente que no podía ser recurrido se limitaba a decir que el juez Baltasar Garzón no es competente para investigar los crímenes del franquismo, pero "sin indicar qué órgano jurisdiccional" lo es, lo que vulnera el derecho a la tutela judicial efectiva de las víctimas.

Buscando la impunidad

En su escrito, UGT explica que la Fiscalía debía haber esperado a que se resolviera el recurso de apelación que presentó contra el auto de 16 de octubre, en el que Garzón se declaró competente, antes de promover el incidente de competencia, algo que podía haber hecho cuando se interpusieron las primeras denuncias en 2006. El sindicato sostiene que esta cuestión debía haber sido en cualquier caso resuelta por el Tribunal Supremo.

Señala que la Fiscalía planteaba en su escrito "aspectos que exceden notoriamente del ámbito de tal cuestión, buscando poner fin a la instrucción no solo del Juzgado Central, sino de cualquier órgano judicial, procurando el fin de la causa y la impunidad ante crímenes gravísisimos contra la humanidad".

En opinión del sindicato, el propio Pleno de la Sala de lo Penal se extralimita al afirmar que "la responsabilidad criminal de las personas presuntamente responsables es inexigible a la fecha de incoación de las diligencias por estar todas premuertas, de modo que no hubo causa penal contra ellas en momento alguno", decisión que provoca la impunidad.

Encargada de la instrucción

"El fallecimiento de los presuntos autores no puede perjudicar a la víctima", responde el recurso, que sostiene que la cuestión de competencia quedó sin contenido, al haberse inhibido el propio Garzón a favor de los Juzgados donde aparecieron fosas de víctimas.

Pese a que fue Garzón el primero en renunciar a investigar los crímenes del franquismo, las asociaciones de víctimas personadas en la causa consideran que la Audiencia Nacional debe ser la encargada de instruir la causa.

En su recurso, UGT afirma que las desapariciones de niños, "separados de sus padres por ser republicanos", se cometió en el extranjero, por lo que entra dentro de las competencias de la Audiencia Nacional. Lo mismo ocurriría con los crímenes cometidos por "militares y paramilitares" contra la población civil, que el sindicato califica como actos de terrorismo.

Derechos humanos y política - Jose Antonio Pérez Tapias

La rebeldía contra siglos de injusticia ha dado como fruto unos derechos humanos que hoy pretendemos que tengan vigencia universal, es decir, que lleguen a todos y cada uno de los individuos como salvaguarda de su dignidad y credencial de su autonomía. El sufrimiento por la injusticia padecida y la conciencia ganada contra todo trato inhumano que deshumaniza a otro –también al que lo practica- han movilizado lo mejor de nuestra humanidad, hasta conseguir ponernos de acuerdo en que “no hay derecho” a que unos se comporten respecto a otros menguándoles su libertad o robándoles su pan. La igualdad ante la ley y la igualdad en el acceso a los recursos básicos para que la vida humana pueda transcurrir en condiciones de dignidad aparecieron como componentes irrenunciables de los contenidos de justicia que en toda declaración de derechos habían de ser recogidos. Desde esas bases se fue cartografiando el mapa de unos derechos humanos que poco a poco, y desde muy diversas fuentes, se han ido formulando jurídicamente, concretando por una parte lo que suponen de reconocimiento a la dignidad de cada uno y buscando traducción por otra en lo que debe ser plasmado como derechos fundamentales, incorporados a las constituciones políticas y a los sistemas legales que de ellas se derivan.

La milenaria historia de los derechos humanos, ganando celeridad en los últimos siglos, vino a dar hace sesenta años, el 10 de diciembre de 1948, a ese hito de la misma proporcionado por la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, un verdadero monumento de la humanidad construido en medio de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial y tras el horror de la barbarie nazi. Desde entonces, aun con las limitaciones inherentes a todo documento fraguado en unas coordenadas concretas, el listón ético de lo que los humanos nos debemos a nosotros mismos quedó puesto en un punto sin retorno, acompañado de un imperativo de la máxima exigencia en cuanto al respeto a los mismos. Tal cota normativa no baja de nivel por el hecho de que, desgraciadamente, los derechos humanos de muchas personas se vean menoscabados o negados en multitud de ocasiones –infinitamente, y no sólo por la cantidad de ocasiones en que los derechos son violados, sino porque sin medida es cualquier forma de daño a la dignidad humana-. Ese quebrantamiento de lo que se debe en justicia, por una parte obliga a decir que lo normativamente universal es de suyo “universalizable”, por lo menos hasta que se consiga que la vigencia alcance efectivamente a todo tiempo y lugar; y, por otra, nos obliga a la tarea política de lograr que los derechos humanos de cada cual sean respetados sin excepción.

El compromiso político que así brota presenta un componente moral inerradicable y sitúa la política en una órbita desde la cual ya no podrá legitimarse nunca más por la mera conquista y conservación del poder. Se trata en este caso de la política que sólo en la democracia puede encontrar su medio adecuado, por ser la democracia, tal como se configura en las democracias constitucionales, el sistema político en cuyo núcleo moral se sitúa la exigencia de respeto incondicional a la dignidad humana y en cuyo entramado de instituciones y procedimientos se hace operativo el reconocimiento de todos los ciudadanos como sujetos de derechos que han de ser protegidos (componente liberal de la democracia) y que han de ser ejercidos (componente republicano). El mismo juego de mayorías y minorías, consustancial a la vida democrática, pierde su sentido si no arraiga en la conciencia colectiva en torno a derechos inviolables y si no cuaja en prácticas institucionales que no pierden eso de vista.

Con las declaraciones posteriores sobre derechos de la mujer (1952) y sobre derechos del niño (1959), así como con los pactos internacionales sobre derechos civiles y políticos y sobre derechos económicos, sociales y culturales de 1966 –en ellos adquieren perfil preciso esas “generaciones de derechos” que luego han venido a completarse con los derechos medioambientales-, el horizonte de los derechos humanos ha ganado tanto concreción como capacidad de exigencia. Llegando a una época como la nuestra, descreída y sumida en sucesivas crisis, aparece tal horizonte como la tenue línea de un futuro de democracia cosmopolita y mundo habitable que aún puede trazar un pensamiento de intención utópica que resiste a ser cancelado. Bajo ese horizonte ninguna política que merezca tal nombre puede hacerse al margen de lo que significan los derechos humanos que postulamos como universales. Una política que no tenga los derechos humanos como referencia decisiva y criterio regulador se sitúa en esas antípodas donde ya hay que hablar de antipolítica -¡ay, Guantánamo!-. Mas también es cierto que siendo los derechos humanos universales una referencia para la política que no debe faltar, tales derechos, como subraya con acierto el pensador francés Marcel Gauchet, no configuran por sí mimos, con la sola referencia a ellos, una política, pues sin más no cabe derivar directamente de ellos medidas programáticas para la acción. Cuando esto no se tiene en cuenta, la política acaba atrapada por una “ideología de los derechos humanos” que puede acabar encubriendo precisamente lo que se opone al reconocimiento efectivo de éstos y, por consiguiente, al respeto a la inviolable dignidad de los individuos. También los derechos humanos, con su dimensión ético-utópica, requieren de mediaciones adecuadas.

(Artículo publicado en el diario La Opinión de Granada el día 10 de diciembre de 2008)

miércoles, 17 de diciembre de 2008

NAVIDADES ROJAS

Editoriales y librerías confirman el éxito comercial de las teorías de Karl Marx y otros autores contemporáneos anticapitalistas en épocas de crisis económicas




"Ahora mismo tengo encima del mostrador los tres tomos en tapa dura de El Capital, que me acaban de pedir por teléfono. Ha sido un hombre de entre 35 y 45 años y, al parecer no lo quería ni para una tesis ni para investigar".

¡Bingo! Lola Larumbe, de la librería Rafael Alberti, de Madrid, confirma lo que ya podemos denominar ¿una tendencia?: Karl Marx es una de las figuras literarias de estas navidades. Otra llamada, a la librería Antonio Machado, también en Madrid, reafirma la idea: "Es verdad que hemos notado un aumento de las ventas de El manifiesto comunista. Antes lo podíamos tener meses en las baldas y ahora hemos vendido 3 ó 4 en un mes, lo que es bastante", señala el librero Aldo García.

La tercera llamada va dirigida a las editoriales. De nuevo, dan en el blanco. En España, El Capital está editado por el Fondo de Cultura Económica (FCE) y Akal, y precisamente, desde esta última, señalan que para estas fechas han vuelto a reimprimir la obra. Por otra parte, en Alianza, donde se puede encontrar una edición renovada de El manifiesto comunista (2002), la editora Valeria Ciompi precisa que es uno de los libros "que mejor vende, ya que se han hecho ocho ediciones y hemos vendido 20.000 ejemplares desde 2002".

Marx pop, Marx attacks

En tiempos de crisis económica, de discursos que apuntan hacia un fin del capitalismo o una refundación, cuando no dejan de saltar escándalos como el de Madoff, ¿se ha convertido Marx en un icono pop? Una pregunta que no deja de ser interesante ya que, no sólo vuelven a interesar sus textos en Alemania El Capital vendió 417 ejemplares sólo en octubre y agotó la tirada, lo que no sucedía en años sino que el rostro del barbudo se ha convertido en los últimos meses en la imagen de los carteles de festivales como el Barnasants cuyo lema es "No estaba muerto... estaba de parranda" o de la última obra de teatro de Àlex Rigola, Rock and roll, que se representó en septiembre en el Lliure de Barcelona.

Vale. Ahora la pregunta es ¿por qué? ¿Qué es lo que ha ocurrido para que se de este fenómeno? ¿Tiene algo que ver la crisis? Para Anna Monjo, de Icaria, una editorial que tiene en catálogo a críticos actuales con el neoliberalismo como Susan George (El informe Lugano; El pensamiento secuestrado), el interés por las tesis de Marx y sus acólitos la editorial Península ha aprovechado el tirón y publicará para el próximo otoño Lectura de El Capital de Marx radica en una búsqueda de respuestas.

"De alguna manera se está produciendo lo mismo que sucedió tras las manifestaciones en Seattle en 1998, que todo el mundo empezó a comprar libros que explicaran que era eso de la antiglobalización. Ahora quieren saber por qué se ha producido la crisis y mucha gente se ha dado cuenta de que por un fracaso del capitalismo", apunta Monjo.

Así, si el final del milenio coincidió con el boom del No Logo, de Naomi Klein, ahora han saltado a la palestra de superventas siempre teniendo en cuenta que el ensayo juega en una división muy distinta a la de la novela, ya no sólo el propio Karl Marx y otros clásicos del marxismo, sino otros autores que han puesto en entredicho el capitalismo salvaje.

"Desde luego, no hemos alcanzado el éxito de Naomi Klein, que ya ha vendido más de 60.000 ejemplares de No Logo, pero este año hemos tenido grandes sorpresas en libros como El cisne negro, de Nassim Taleb, una tesis sobre el azar de los mercados, que ha alcanzado los 10.000 ejemplares, o Loretta Napoleoni, cuya Economía canalla ha llegado a la tercera edición", afirma la directora editorial de Paidós, Claudia Casanova.

Un poco de pesimismo

En esta misma línea se mueven los libros editados por Melusina, del colectivo francés Tiqqun (Teoría del bloom e Introducción a la guerra civil), que atacan, no con términos económicos, sino filosóficos, el inmovilismo al que ha sometido el capital. Para el editor José Pons Bertrán es evidente que el hecho de que estos libros generen interés, es porque "después de algunos años vuelve a haber una revitalización por el pensamiento crítico con los mercados que se había perdido tras la Transición".

A pesar de que los datos demuestran que estas navidades pueden acabar con el baño de champán que se han dado los autores neocons en los últimos años, otros editores reconocen que "no estamos en los años sesenta ni setenta cuando había más interés por la política", apostilla la directora editorial de Taurus, María Cifuentes.

Ella se atiene a las cifras: "Mientras que Jean Ziegler vende 60.000 ejemplares en Alemania, aquí no llega ni a 2.000". Miguel Riera, de la editorial El Viejo Topo, tampoco se muestra muy optimista: "Nuestros lectores son pocos y ya están convencidos del discurso izquierdista y anticapitalista". Sin embargo, mientras Riera formula esta teoría, Viviana, de la librería madrileña Traficantes de Sueños, repone sus libros anticapitalistas. Algo sí está cambiando.

Diario Público - P. CORROTO/T. POLO - Madrid/Barcelona - 17/12/2008 08:00

martes, 16 de diciembre de 2008

El ejemplo del koala. - Enric González

El koala parece feliz. Quizá lo es. Mírenlo: una monada. Y, sin embargo, podemos catalogarlo como el mamífero más lamentable del planeta. En ciertos aspectos, muestra rasgos que sugieren un alto nivel evolutivo: sus huellas digitales (un elemento raro en la naturaleza) son casi indistinguibles de las humanas. Pero, y eso también es raro, está en regresión. Evoluciona al revés. Cada generación es un poquito más imbécil que la anterior.

¿Han probado una hoja de eucalipto? No lo hagan. Es correosa, tóxica y apenas proporciona alimento

Hace unos veinte millones de años, el koala, marsupial arbóreo y herbívoro, vivía en las selvas australianas, alimentándose de hojas muy diversas. Cuando el clima empezó a enfriarse, las selvas fueron reemplazadas por bosques de eucaliptos. ¿Han probado una hoja de eucalipto? No lo hagan. Es correosa, tóxica y apenas proporciona alimento. Muchísimas especies se extinguieron con la llegada del eucalipto. Otras buscaron nuevos lugares para establecerse. El koala, no. El koala prefirió adaptarse y conformarse con lo que había. Desde entonces, su vida ha ido convirtiéndose en una auténtica porquería.

Para arreglárselas con la nueva dieta y digerir las hojas de eucalipto, el koala desarrolló una especie de microbio estomacal. Pero eso lo hizo entonces, cuando poseía la inteligencia que puede esperarse de un mamífero. Ahora, el microbio se transmite por la vía más fácil: a partir de los seis meses, y hasta que cumple un año, el koala pasa gran parte de su tiempo amorrado al ano de su madre, sorbiendo un tipo de excremento rico en microbios. En este caso, como en otros, la infancia define la vida.

Una vez adulto, el koala puede dedicarse ya a masticar hojas de eucalipto. Dedica a ello unas cinco horas diarias. Luego necesita una siesta de unas 18 horas, para que actúe el microbio intestinal. El animalito es altamente irritable mientras come: ni se le ocurra tocarlo. También es irritable mientras digiere. En eso se le va prácticamente toda la jornada: come, digiere y se cabrea. No hay tiempo para más.

La dieta de eucalipto, muy pobre en proteína y en cualquier otro elemento nutritivo, ha provocado un progresivo empequeñecimiento del cerebro. Los fósiles demuestran que, antes, en la época selvática, el cráneo del koala estaba lleno de masa cerebral. Ahora, el cerebro es como una nuez pequeña, con dos lóbulos desconectados entre sí, flotando en fluido. El koala viene a pesar entre 5 y 12 kilos. Su cerebro supone el 0,2% de esa masa corpórea. Si el humano hubiera seguido la tendencia regresiva del koala, ahora, en lugar de poseer un cerebro de 1,4 kilos, tendría uno de 100 gramos. Aún hay tiempo para conseguirlo. Sólo es cuestión de perseverar.

No creo que haga falta comer todos los días medio kilo de hojas, como el koala, para convertirse en un imbécil. Quizá sea posible conseguir el mismo efecto con unas cuantas ideas, masticadas durante años y años. Se podría empezar con un par de conceptos básicos, patria y nación, tan correosos, tóxicos y carentes de proteína como el eucalipto. Al cabo de un cierto tiempo, más o menos largo, según los casos, el aspirante a koala nota los efectos iniciales: una sensación de pertenencia intensa a un grupo, y de diferencia respecto a otros grupos. El siguiente paso será una inefable sensación de superioridad respecto a otros grupos. Lo principal ya está hecho.

Pero no hay que conformarse con eso. Es necesario encontrar un equivalente al microbio que el koala chupa del ano materno. Ahí nos valdría, quizá, algo más tenue que un concepto. Como, por ejemplo, lo que algunos llaman "fidelidad ideológica". Recuerden, sobre todo, que no hablamos de principios y ética, o moral: si se tiene de eso, resulta casi imposible convertirse en koala. No, aquí nos referimos a esos prejuicios sectarios que nos llevan a votar a un partido, o a comprar un periódico, o a ver una cadena de televisión, con un único fin: que refuercen nuestros prejuicios; es decir, que nos mantengan firmes en el punto de partida y no intenten inocularnos la funesta manía de pensar.

Cuando, para nosotros, los buenos sean siempre los mismos y lo hagan siempre bien, y los malos sean siempre los mismos y lo hagan siempre mal; cuando nos moleste la duda; cuando seamos incapaces de percibir nuestra propia ignorancia; cuando nuestro mecanismo mental se limite a conjugar el "yo", el "nosotros" y el "ellos", lo habremos conseguido. Basta ponerse a ello. Vocación no nos falta.

El País, 28-09-2008

domingo, 14 de diciembre de 2008

14-D: 20 AÑOS DESPUES - Antón Saracíbar

Al terminar las campanadas de las 24 horas del 13 de diciembre de 1988, un joven que estaba viendo la televisión le dijo a su padre, ante el apagón televisivo que se acaba de producir: «Se ha averiado la televisión». Él le contestó que no y le explicó a continuación, de la mejor manera que supo, y no sin dificultades, que era el primer síntoma de que había comenzado la huelga general. Los dos, padre e hijo, estaban asistiendo por primera vez a una huelga general convocada legalmente por los sindicatos en un contexto democrático.

Efectivamente, había comenzado la huelga del 14-D de 1988, posiblemente la de mayor participación e impacto entre los trabajadores y la opinión pública de las llevadas a cabo por el movimiento obrero en España -además, sin ningún tipo de incidentes- a lo largo de toda su historia.

Si nos remontamos al siglo XIX, son dignas de mención las movilizaciones obreras en respuesta a los llamamientos tanto de la I y II Internacional como de las centrales sindicales, en contra de la explotación de los trabajadores y en defensa de sus reivindicaciones relativas, principalmente, al derecho de sindicación y de negociación colectiva y, por supuesto, a los salarios y a la jornada de trabajo, sobre todo en torno al Primero de Mayo. De la misma manera son de destacar, a comienzos del siglo XX, las movilizaciones obreras en torno a la guerra de Marruecos y a la carestía de la vida y al aumento del precio del pan, como consecuencia de la I Guerra Mundial.

Más tarde se produjo la huelga general de 1917 -una fecha también emblemática del movimiento obrero-, convocada contra el poder despótico del Gobierno y a favor de un cambio de régimen. En la II República, la historia del movimiento obrero se hizo eco sobre todo de la huelga general de 1934 -con amplia repercusión en Asturias-, ante el avance del fascismo internacional.

Ya en plena dictadura franquista, fueron destacables la huelga general del País Vasco en mayo de 1947, y las repetidas movilizaciones llevadas a cabo a lo largo de las décadas de los 60 y de los 70 reivindicando, además de las demandas laborales, la recuperación de la libertad, la democracia, y la disolución del sindicato franquista. Movilizaciones que fueron fuertemente reprimidas -significando la cárcel y el destierro para muchos militantes obreros-, produciendo incluso víctimas mortales entre los trabajadores en El Ferrol, Granada y Vitoria en la etapa final de la dictadura. En cuanto a las movilizaciones obreras que se llevaron a cabo al comienzo de la Transición, es de reseñar la huelga general convocada por la Coordinadora de Organizaciones Sindicales (COS ), en noviembre de 1976, secundada por más de dos millones de trabajadores en toda España.

También, después del 14-D, se celebraron importantes huelgas generales ante las reformas laborales impuestas: la del 28 de mayo de 1992; la del 27 de enero de 1994; y, finalmente, la huelga general del 20 de junio de 2002 -en este caso, en contra del Gobierno del Partido Popular-, que fueron seguidas mayoritariamente por los trabajadores.

Esta breve reseña histórica demuestra la fuerte capacidad de movilización del movimiento obrero, destacando en esas convocatorias hechos verdaderamente relevantes, como lo fue la huelga que estamos comentando. Efectivamente, la huelga del 14-D fue tan importante como singular; no estamos hablando por lo tanto de una huelga más de las convocadas por el movimiento obrero en nuestro país. Desde luego fue distinta; tuvo algo de especial, destacando sobre todo la unanimidad con que la ciudadanía secundó las reivindicaciones de los sindicatos, lo que conmocionó al Gobierno y creó estupor y sorpresa en la opinión pública europea. Se trataba, además, de la primera huelga general en democracia después de la dictadura franquista, y de la primera huelga general convocada por los sindicatos con el PSOE en el poder.

El paro fue secundado masivamente por los trabajadores en los centros de trabajo; el comercio y los servicios cerraron en su gran mayoría; el transporte también secundó la huelga, e incluso el paro se secundó en los medios de comunicación audiovisuales y escritos.

La gran mayoría de la ciudadanía secundó la huelga como no se recordaba en España, a pesar de las sucesivas campañas del Gobierno para evitarla, tratando para ello de desprestigiar a los sindicatos, descalificando sus reivindicaciones, estableciendo servicios mínimos abusivos y desestabilizando en concreto a UGT a pesar de que los 11 miembros de su comisión ejecutiva eran afiliados del PSOE.

Los sindicatos asumieron un gran protagonismo social en esta etapa -ante la ausencia de una verdadera oposición política- y demandaron una serie de medidas en relación con los trabajadores más desfavorecidos, oponiéndose particularmente al Plan de Empleo Juvenil como banderín de enganche de la huelga, además de exigir el derecho de los funcionarios a la negociación colectiva, la mejora de la prestación por desempleo y el aumento de las pensiones. Sin embargo, además de estas reivindicaciones, existían problemas más profundos que justificaban una movilización de estas características contra un Gobierno socialista, como podemos observar a continuación.

Debemos dar por hecho que el único objetivo de la política sindical seguida por UGT y CCOO en la década de los 80 seguía siendo la defensa de los intereses de los trabajadores, que es lo único que justifica su propia existencia. Algunas de las referencias que se tuvieron en cuenta para llevar a cabo esa política son conocidas: la centralidad del trabajo en una sociedad democrática, el movimiento sindical europeo, las ideas socialdemócratas que se intentaban aplicar con el mayor rigor posible, además de la memoria histórica que seguía siendo una referencia constante para UGT.

Precisamente, en la defensa de los trabajadores, los sindicatos se sintieron incomprendidos al no ser correspondido por el Gobierno el esfuerzo de corresponsabilidad realizado por los trabajadores y los sindicatos, en un contexto económico particularmente difícil. Se equivocaban, pues, quienes manifestaron que la única razón de la huelga se debía a razones de enemistad personal entre Nicolás Redondo y Felipe González o a las ansias de poder de UGT dentro de la llamada familia socialista.

Debemos recordar que UGT aceptó en los primeros años de la década de los 80, con lealtad, un duro ajuste industrial y de salarios justificado por la crítica situación de la economía española, esperando recuperar más tarde una parte de los beneficios que se generarían por un mayor crecimiento de la economía.

Sin embargo, eso no ocurrió y además se comprobó que en el Gobierno predominaba un enfoque neoliberal que mantenía una permanente demanda de contención salarial y planteaba duras propuestas que chocaban con las reivindicaciones sindicales. La reforma de la Seguridad Social (en el año 1985) y el referéndum de la OTAN (en 1986) son dos motivos de grave confrontación que antecedieron a la huelga.

Además de las medidas impopulares, lo que preocupaba a los responsables de los sindicatos era el tono con el que éstos eran tratados en las altas esferas del Gobierno, dando una imagen de ellos como organizaciones opuestas al progreso social, como grupos de presión en defensa de intereses corporativos a los que había que limitar su capacidad de acción. Se postuló, en definitiva, una política calificada de socialdemócrata sin sindicatos… Como si eso fuera posible.

Todo ello unido a un discurso sobre el fin de la clase trabajadora en un mundo postindustrial, defendiendo que las clases medias profesionales abandonaran la alianza con la clase obrera. Esta pasó de ser vanguardia de la transformación social a un grupo en declive, retardatario, y conservador al que había que frenar en su creciente influencia en la sociedad. Fundamentalmente, esto justificó que el conjunto del movimiento sindical encabezara la contestación obrera donde se reivindicó principalmente el reparto de una parte de los beneficios que se estaban generando por un mayor crecimiento de la economía: exigencia del «giro social», como compensación de la «deuda social» contraída con los trabajadores desde años atrás.

La consecuencia más negativa de todo ello fue el enfrentamiento con el Gobierno socialista de Felipe González, y con su política económica en concreto, en coherencia con la defensa que hicieron los sindicatos de una política de solidaridad y, por lo tanto, de los trabajadores más débiles: jóvenes sin empleo, pensionistas, trabajadores con un contrato precario, dependientes del SMI o con salarios bajos y desempleados sin prestación por desempleo.

La parte positiva del enfrentamiento fue que los sindicatos se hicieron mayores de edad; rearmaron a sus cuadros en la defensa de sus siglas; reafirmaron su autonomía; y consiguieron con su actuación fortalecer, más si cabe, el carácter constitucional de los sindicatos en defensa de los trabajadores en una sociedad democrática. Los sindicatos hicieron músculo, fundamentalmente con sus afiliados en los centros de trabajo, y ello les hizo más fuertes y seguros de sí mismos, demostrando que la lógica política no tiene nada que ver con la lógica sindical y que el papel de los sindicatos y de los partidos políticos es distinto en un sistema democrático, sobre todo cuando los partidos son interclasistas, como ocurre en la actualidad.

Además de todo ello, y a pesar de las críticas que se hicieron a los sindicatos de no saber gestionar el éxito de la huelga -por no saber «negociar de manera realista»-, las reivindicaciones obtenidas, eso sí, un año después del 14-D, se pueden considerar muy positivas, siendo valoradas por encima de los 250.000 millones de las antiguas pesetas como pago de la deuda social contraída. Además, los sindicatos consiguieron retirar el Plan de Empleo Juvenil, y que se aprobaran la Ley de pensiones no contributivas, el derecho a la negociación en el ámbito de la función pública y la cláusula de garantía de la retribución de los funcionarios, la cláusula de garantía para los pensionistas, el incremento de la ayuda familiar para las rentas más bajas, y el salario social a través de las comunidades autónomas, entre otras medidas.

Sin embargo, todo hay que decirlo, los sindicatos no consiguieron cambiar ni la política económica del Gobierno ni la extensión de los contratos temporales hasta límites insospechados en el resto de los países europeos. Tampoco significó la debacle electoral del PSOE, aunque los sindicatos volvieron a demostrar con la huelga su capacidad para deslegitimar la política del Ejecutivo socialista entre los trabajadores.

Desde entonces han pasado 20 años y la situación ha mejorado mucho en España. Destacan los avances relacionados con las libertades, la consolidación de la democracia, el crecimiento económico, la plena integración en la UE, el control de la inflación, el avance en políticas sociales, y, por supuesto, en políticas de igualdad. Pero, sobre todo, cabe destacar en estos años el protagonismo de los sindicatos a través del diálogo social y de la negociación colectiva, reafirmando con ello el pleno reconocimiento de la representatividad de los sindicatos en la defensa de los trabajadores, que hoy nadie discute.

Sin embargo, y a pesar de los avances que se han producido, los sindicatos siguen teniendo en la actualidad nuevos retos y nuevos compromisos con los más desfavorecidos. A mi entender, estos son los más significativos:

- La globalización de la economía y de las comunicaciones, en un contexto de crisis financiera y recesión.

- El aumento de las desigualdades y de la pobreza en el mundo.

- El dumping social y la deslocalización de empresas.

- La presencia del capitalismo financiero en las empresas.

- El cambio climático.

- El fenómeno de las migraciones.

- El déficit en protección social, por debajo en nuestro caso de la media europea.

- El desarme fiscal.

- La pérdida de los salarios en la renta nacional.

- El desempleo y la precariedad alarmante de nuestro mercado de trabajo.

- El preocupante número de accidentes de trabajo y enfermedades profesionales.

- Y, finalmente, el estado de nuestros servicios públicos -sobre todo los relativos a la enseñanza y la sanidad- y las políticas encaminadas a su privatización en algunas comunidades autónomas.

Estos son algunos de los retos que tenemos que recordar al cumplirse el 20º aniversario de una fecha memorable para los trabajadores como el 14-D, que, según pasan los años, es mejor comprendida por muchos de sus antiguos detractores al considerar ahora normal que los sindicatos utilicen un recurso como el derecho de huelga, que reafirma su autonomía y sus competencias constitucionales en la defensa de los intereses de los trabajadores, incluso en contra, si es necesario, de un Gobierno con la etiqueta de progresista… y desde luego de los empresarios.

Eso es lo que viene sucediendo desde hace ya muchos años en la UE y esa es la normalidad que queremos que se consolide, también en nuestro país, a partir de la experiencia que estamos viviendo en la actualidad y de la madurez adquirida aquel14-D.

*Antón Saracíbar es ex dirigente de UGT y miembro del Patronato de la Fundación Francisco Largo Caballero.

El Mundo, 12-12-2008

El retorno de Karl Marx (si es que alguna vez se fue).

jueves, 11 de diciembre de 2008

¿Refundar el capitalismo?

De las propuestas más sabrosas que en los últimos tiempos se vienen haciendo a raíz de a crisis financiera quizá la más destacable sea la del presidente francés: nada más y nada menos que refundar el capitalismo.

No es poca cosa por lo que implica reconocer y por las consecuencias que traería.

Por un lado, es verdaderamente significativo que un dirigente tan poderoso y que tan claramente actúa como sostén del capitalismo reconozca que éste fracasa hasta el punto de que sea necesario redefinirlo y hacer que funcione de otra forma.

Lo que no está tan claro, sin embargo, es el aspecto en que según Sarkozy se manifiesta dicho fracaso, algo que lógicamente sería muy importante dilucidar a la hora de refundarlo.

Es evidente que el capitalismo financiero ha fracasado como mecanismo para gestionar el riesgo y para asignar eficiente y equilibradamente los recursos.

El capitalismo ha fracasado a la hora de gestionar los recursos financieros globales y como generador de la seguridad y la estabilidad que son necesarias para que la actividad productiva se desarrolle adecuada y satisfactoriamente.

Tan a la vista está esto que lo raro no debería ser que Sarkozy lo reconociera sino que no lo estén haciendo con semejante tono todos los demás dirigentes mundiales.

De hecho, y aunque sea con la boca pequeña, lo que tendrán que plantear en las conferencias mundiales que se está convocando no será otra cosa que el establecimiento de un nuevo orden financiero mundial, la reconversión del sistema bancario, la modificación de los mecanismos de financiación y de pagos internacionales, sus reglas del juego más básicas y, en definitiva, lo que se le va a permitir y lo que no a los grandes capitales cuya deriva especulativa pone en peligro al propio capitalismo global.

Lo reconozcan o no, va a ser inevitable darle la razón a Sarkozy y refundar el capitalismo, al menos en sus aspectos financieros. O lo hacen, o abren la puerta para que de nuevo y cada vez más recurrentemente vuelvan a darse perturbaciones financieras más fuertes y de mayor impacto sobre la economía mundial en su conjunto.

Pero lo que a mí me parece relevante es que el fracaso del capitalismo no afecta solo a su lado financiero, como parece indicar Sarkozy, de modo que su refundación no podría tener que ver solamente con las finanzas.

Seguramente los poderosos no lo quieran reconocer pero no es menos evidente que el capitalismo presenta otros grandes y estrepitosos fracasos.

Ha fracasado por su incapacidad de convivir con la naturaleza, como muestra el deterioro vertiginoso del planeta. Ha fracaso como economía de mercados libres y competitivos, puesto que la realidad nos muestra que cada vez son más imperfectos, más concentrados y oligopolizados. Es verdad que ha sido capaz de traer consigo innegables avances y gran acumulación de capitales pero su capacidad para generalizar la satisfacción es así mismo un fracaso sin paliativos. Ha fracasado como impulsor de la igualdad, de las libertades y de la democracia auténtica, la deliberativa: basta ver cómo los medios de concentración se concentran en torno a capitales propiedad de muy pocos, cómo los poderes económicos se solapan sobre el representativo y cómo se hurtan cada vez más temas al debate social y a la decisión colectiva. Y fracasa también incluso como generador de eficiencia, pues es evidente el despilfarro y su desconsideración de daños como los ambientales. Y es palpable que en lugar de ser el sistema de la abundancia, como se soñó, se ha convertido en un mecanismo social productor de escasez. Ha fracasado igualmente como promotor de la paz. Todo lo contrario, no parece que pueda vivir sin fomentar la odio y sin las guerras. Y ha fracasado finalmente en lo moral: la avaricia que lo empuja, la sed de lucro que lo soporta no son sino el fracaso del ser humano como especie.

La diaria de muerte de veinticinco mil personas por hambre o de seis mil por falta de agua en el planeta son las verdaderas muestras de fracaso del capitalismo, que ya llevaban dándose mucho tiempo y a las que nunca se han referido ni Sarkozy ni sus colegas.

Por eso suena a cínico hablar de refundar el capitalismo. ¿Con qué fundamento se puede tratar de refundar algo sobre cuyos verdaderos males y fracasos no se quiere hacer completa consideración?

Si solo se menciona lo financiero, lo que se hará será poner nuevas bases para que el capitalismo siga funcionando y eso sencillamente implica que seguirán produciéndose sus grandes daños.

Y si al hablar de refundar el capitalismo se está pensando en clonarlo en él mismo para tratar de hacerlo más llevadero, para tratar de paliar sus enfermedades seniles, será inútil, porque éstos no podrán dejar de darse.

¿Por qué no pensar entonces en algo distinto?

Si el mercado ha fracasado tan estrepitosamente, ¿por qué no pensar en fórmulas alternativas, al menos en los aspectos en donde la seguridad de la vida humana lo reclame?

Si la intervención estatal se considera aceptable para salvar a los bancos y a los financieros, ¿por qué no mantenerla para salvar la vida de los desfavorecidos, para impulsar la creación de riqueza?

Si la especulación causa estos desastres, ¿por qué no contar con sistemas fiscales internacionales que la desincentiven o reduzcan a su mínima expresión?

Si hay recursos para apoyar y capitalizar a los bancos, ¿por qué no dedicarlos también para satisfacer las necesidades básicas de tantos millones de seres humanos que mueren?

Si el afán de lucro, si la avaricia, si el egoísmo traen consigo estos desastres, ¿por qué no fomentar otros valores, otros ideales?

Si el objetivo de ganar dinero es tan ruin para todos, ¿por qué no abrir otros horizontes a los seres humanos?
Si el capitalismo ha fracasado, en fin, ¿por qué no pensar en poner en marcha nuevas fórmulas de organización social, modos distintos de producir, gestionar y repartir la riqueza?

Si el capitalismo ha fracaso, ¿porque no repensar el socialismo?

Ya sé que todo esto es utopía. Pero díganme si esta utopía es peor que volver a poner todo patas arriba para que todo siga igual, para que sigan mandando los mismos, para que los ricos de siempre sigan haciéndose cada vez más ricos y para que los miserables de toda la vida sigan condenados a morir o a padecer el crimen horrendo contra la humanidad que estamos viviendo.

Juan Torres López.
Licenciado en Ciencias Económias y Empresariales en la Universidad de Málaga.
Catedrático de Economía Aplicada del Departamento de Teoría Económica y Economía Política.
Universidad de Sevilla.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Einstein: ¿Por qué Socialismo?

Albert Einstein

Monthly Review, Nueva York, mayo de 1949.

¿Debe quién no es un experto en cuestiones económicas y sociales opinar sobre el socialismo? Por una serie de razones creo que si.

Permítasenos primero considerar la cuestión desde el punto de vista del conocimiento científico. Puede parecer que no hay diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los científicos en ambos campos procuran descubrir leyes de aceptabilidad general para un grupo circunscrito de fenómenos para hacer la interconexión de estos fenómenos tan claramente comprensible como sea posible. Pero en realidad estas diferencias metodológicas existen. El descubrimiento de leyes generales en el campo de la economía es difícil por que la observación de fenómenos económicos es afectada a menudo por muchos factores que son difícilmente evaluables por separado. Además, la experiencia que se ha acumulado desde el principio del llamado período civilizado de la historia humana --como es bien sabido-- ha sido influida y limitada en gran parte por causas que no son de ninguna manera exclusivamente económicas en su origen. Por ejemplo, la mayoría de los grandes estados de la historia debieron su existencia a la conquista. Los pueblos conquistadores se establecieron, legal y económicamente, como la clase privilegiada del país conquistado. Se aseguraron para sí mismos el monopolio de la propiedad de la tierra y designaron un sacerdocio de entre sus propias filas. Los sacerdotes, con el control de la educación, hicieron de la división de la sociedad en clases una institución permanente y crearon un sistema de valores por el cual la gente estaba a partir de entonces, en gran medida de forma inconsciente, dirigida en su comportamiento social.

Pero la tradición histórica es, como se dice, de ayer; en ninguna parte hemos superado realmente lo que Thorstein Veblen llamó "la fase depredadora" del desarrollo humano. Los hechos económicos observables pertenecen a esa fase e incluso las leyes que podemos derivar de ellos no son aplicables a otras fases. Puesto que el verdadero propósito del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la fase depredadora del desarrollo humano, la ciencia económica en su estado actual puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.

En segundo lugar, el socialismo está guiado hacia un fin ético-social. La ciencia, sin embargo, no puede establecer fines e, incluso menos, inculcarlos en los seres humanos; la ciencia puede proveer los medios con los que lograr ciertos fines. Pero los fines por si mismos son concebidos por personas con altos ideales éticos y --si estos fines no son endebles, sino vitales y vigorosos-- son adoptados y llevados adelante por muchos seres humanos quienes, de forma semi-inconsciente, determinan la evolución lenta de la sociedad.

Por estas razones, no debemos sobrestimar la ciencia y los métodos científicos cuando se trata de problemas humanos; y no debemos asumir que los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse en las cuestiones que afectan a la organización de la sociedad. Muchas voces han afirmado desde hace tiempo que la sociedad humana está pasando por una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente dañada. Es característico de tal situación que los individuos se sienten indiferentes o incluso hostiles hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenecen. Como ilustración, déjenme recordar aquí una experiencia personal. Discutí recientemente con un hombre inteligente y bien dispuesto la amenaza de otra guerra, que en mi opinión pondría en peligro seriamente la existencia de la humanidad, y subrayé que solamente una organización supranacional ofrecería protección frente a ese peligro. Frente a eso mi visitante, muy calmado y tranquilo, me dijo: "¿porqué se opone usted tan profundamente a la desaparición de la raza humana?"

Leer entero en este link

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Condena al atentado terrorista de la banda ETA.

Desde la militancia de la corriente de opinión Izquierda Socialista de Guadalajara manifestamos nuestra repulsa y condena ante el atentado de la banda terrorista ETA, en el cual ha sido asesinado don Ignacio Uría.

El terror y el miedo, a nuestra forma de entender, no caben en un sistema democrático como medio para conseguir ningún tipo de objetivo, por este hecho siempre hemos condenado cualquier acción agresora como canal de consecución de fines.